«Hay noches en las que Héctor me llama a su cama, preocupado porque —dice— cuando renazca, lo hará en otra familia. En casa le decimos que la muerte no es el final, que la vida no es una flecha, una línea que acaba en punta. Le decimos que él es parte del universo y que nunca dejará de serlo.
Le viene, como él dice, la muerte, por la noche, cuando está cansado. Le dejamos en su cama y, al rato, llama. Piensa en su desaparición, en su nada, en su inexistencia.
Vida y muerte de la mano. Día tras día, en todo momento, desde los cuatro años, puede que cinco. Antes, estupor sin asombro. Después, la gran sombra. "Me ha entrado la muerte", dice. "Y, no sé qué pasa, pero hoy no se me va".
El modelo occidental —mecanicista, cartesiano y lineal— está agotado. El determinismo duele, por ajeno y extraño. Fracasa, en particular, ante nuestra carencia fundamental: la muerte.
Existen, sin embargo, modelos que armonizan con la vida, que apuntan a una realidad que va más allá de lo visible.
Desde ahí, asumiendo que el conocimiento solo llega tras una inevitable y dolorosa bajada al Hades, y contando con que, en el descenso, una mirada al espacio —infinito— lo puede poner todo —aunque sea por un instante— en perspectiva, es desde donde podemos saber que a un infinito como la muerte solo se le puede interpelar con otro infinito (el mayor y más grande: el amor).
Las siguientes páginas son el relato de una búsqueda. Solo al dejar de pedirle a la ciencia lo que no me podía dar, empecé a encontrar preguntas cuyas respuestas merecía la pena discutir. Puede que te interesen. Puede que mis consuelos sean los tuyos.»